Por Sabrina Padrón
Análisis Internacional
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, afirmó públicamente que no reconoce al gobierno de Nicolás Maduro, una declaración que marca un punto de inflexión en su política hacia Venezuela y que contrasta con el acercamiento diplomático que él mismo impulsó al inicio de su mandato.
La afirmación de Petro no es menor. Llega después de que su gobierno restableciera relaciones diplomáticas plenas con Venezuela en 2022, reabriera embajadas, normalizara el comercio fronterizo y reconociera en la práctica a las autoridades que ejercían el poder en Caracas, tras años de ruptura durante administraciones anteriores en Bogotá.
Del reconocimiento práctico al desconocimiento político
Al asumir la presidencia, Petro fue uno de los primeros mandatarios de la región en reconocer de facto a Maduro como interlocutor válido, desmarcándose de la estrategia de aislamiento promovida por otros gobiernos y calificando como “ficción política” el reconocimiento internacional de liderazgos paralelos.
Ese giro fue interpretado en su momento como un respaldo político indirecto al chavismo, especialmente por sectores de la oposición venezolana y por actores internacionales que denunciaban violaciones sistemáticas de derechos humanos en el país.
Sin embargo, el discurso del mandatario colombiano ha cambiado de forma sustancial. Petro ha asegurado ahora que no reconoce la legitimidad del gobierno de Maduro, argumentando que la ausencia de transparencia electoral y de garantías democráticas impide otorgar reconocimiento político.
Una postura que genera contradicciones
La nueva posición de Petro abre interrogantes inevitables.
¿Cómo explicar que un gobierno que restableció relaciones plenas, nombró embajadores y promovió cooperación bilateral ahora declare no reconocer al poder que negoció durante años?
Analistas señalan que el presidente colombiano intenta reencuadrar su política exterior ante un escenario regional más complejo, marcado por cuestionamientos internacionales al proceso político venezolano y por presiones internas en Colombia, donde su acercamiento previo a Caracas fue duramente criticado.
Diplomacia funcional, sin aval político
Desde la Casa de Nariño se insiste en una distinción clave: mantener relaciones diplomáticas y cooperación práctica no equivale a reconocer legitimidad política. Bajo este argumento, Colombia continuaría gestionando asuntos fronterizos, migratorios y de seguridad con Venezuela, pero sin conceder respaldo político al liderazgo que ejerce el poder.
Esta fórmula, sin embargo, no disipa las tensiones, pues deja a Colombia en una posición ambigua: dialoga con un gobierno que dice no reconocer.
Impacto regional
La declaración de Petro tiene repercusiones más allá de la relación bilateral. Colombia ha sido históricamente un actor clave en la política regional hacia Venezuela, y su postura influye en debates dentro de organismos multilaterales y en la coordinación con otros países de América Latina.
Al desconocer ahora a Maduro, Petro se distancia de la narrativa que él mismo ayudó a reconstruir y se suma, al menos discursivamente, a los gobiernos que cuestionan la legitimidad del poder en Caracas.
Un giro que reescribe su propio legado
El cambio de postura plantea una pregunta central:
¿se trata de una rectificación política ante hechos nuevos o de un intento de corregir un acercamiento que le generó costos políticos internos e internacionales?
Lo cierto es que el presidente colombiano ha pasado de normalizar a Maduro como interlocutor legítimo a desconocerlo públicamente, dejando abierta una etapa de incertidumbre en la relación entre Bogotá y Caracas y exponiendo las contradicciones de una política exterior que ahora busca redefinirse.