Trump endurece su postura contra los cárteles mexicanos: una estrategia de seguridad con implicaciones regionales

Por Sabrina Padrón

Análisis internacional | Seguridad hemisférica

Donald Trump ha vuelto a colocar a los cárteles del narcotráfico mexicano en el centro de su agenda de seguridad nacional, esta vez con una retórica más directa y un planteamiento que trasciende el discurso electoral. El expresidente estadounidense ha reiterado su intención de combatir a estas organizaciones como una amenaza terrorista, abriendo la puerta a acciones militares, sanciones financieras globales y operaciones transfronterizas, una postura que marca un punto de inflexión en la relación bilateral entre Estados Unidos y México.

El trasfondo estadístico: la crisis del fentanilo

La ofensiva discursiva de Trump se sustenta en cifras que han alarmado incluso a sectores moderados del espectro político estadounidense. Según datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), más de 100.000 personas mueren cada año en Estados Unidos por sobredosis, y el fentanilo sintético está presente en más del 70 % de esos decesos.

Las autoridades estadounidenses señalan que gran parte del fentanilo que ingresa al país es producido por cárteles mexicanos, utilizando precursores químicos provenientes de Asia y operando redes transnacionales que combinan narcotráfico, lavado de dinero y tráfico de personas.

Para Trump, esta estadística no representa solo un problema de salud pública, sino una amenaza directa a la seguridad nacional, comparable —según su narrativa— al terrorismo internacional.

La estrategia propuesta: del crimen organizado al terrorismo

El eje central del planteamiento de Trump es la designación formal de los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras. De concretarse, esta medida permitiría a Washington:

Activar herramientas legales de combate al terrorismo. Congelar activos financieros en múltiples jurisdicciones. Ampliar la capacidad de operaciones encubiertas y de inteligencia. Justificar el uso de fuerza militar selectiva, bajo marcos legales distintos a los utilizados contra el crimen organizado tradicional.

Durante su primer mandato, Trump ya exploró esta posibilidad, pero enfrentó resistencia interna del Pentágono y del Departamento de Estado. Hoy, el escenario es distinto: sectores del Partido Republicano han retomado el debate y algunos legisladores han impulsado resoluciones para flexibilizar la autorización del uso de la fuerza contra actores no estatales vinculados al narcotráfico.

México y la línea roja de la soberanía

Desde México, la respuesta ha sido categórica. Tanto el gobierno saliente de Andrés Manuel López Obrador como la administración entrante de Claudia Sheinbaum han rechazado cualquier intervención militar extranjera, subrayando que la cooperación en seguridad debe darse exclusivamente bajo esquemas bilaterales y de respeto a la soberanía nacional.

Funcionarios mexicanos advierten que una acción unilateral estadounidense podría fracturar la cooperación en inteligencia, migración y comercio, además de generar una escalada de tensión con consecuencias imprevisibles en la región.

¿Retórica electoral o plan operativo?

Analistas coinciden en que, aunque el discurso de Trump tiene un componente electoral evidente, no puede ser descartado como simple retórica. La reiteración del tema, el respaldo de sectores políticos influyentes y el contexto de una crisis de drogas sin precedentes sugieren que la propuesta forma parte de una visión estratégica más amplia, orientada a redefinir el papel de Estados Unidos en la lucha contra el crimen transnacional.

La incógnita central no es si Trump insistirá en esta línea, sino hasta dónde estaría dispuesto a llegar y qué costos diplomáticos asumiría en el proceso.

Un tablero regional en tensión

La ofensiva contra los cárteles mexicanos se inscribe en un escenario regional complejo, donde confluyen migración masiva, economías ilícitas, debilidad institucional y disputas geopolíticas más amplias. Cualquier movimiento en esta dirección podría reconfigurar las relaciones hemisféricas, afectar mercados energéticos y tensionar alianzas históricas.

Mientras tanto, el debate ya está instalado: ¿puede Estados Unidos redefinir la lucha contra el narcotráfico como una guerra contra el terrorismo sin alterar el equilibrio regional? La respuesta, aún incierta, marcará el rumbo de la seguridad en América del Norte y más allá.

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